lunes, 2 de mayo de 2011

Un corazón y unas gafas


Este cuento lo escribí hace unos años basado en una experiencia personal que tuve cuando aún no me había convertido a Cristo.



Si los espejos reflejaran el alma, y mi corazón pudiera ver, me arrancaría los ojos.


Acaba de llegar al nuevo lugar donde trabajaría, iba de cuello y corbata pues era condición primordial para trabajar allí. Estaba muy contento por ello aunque no lo demostraba. Me habían hablado muy bien de aquel lugar, de que se atendía muy bien a la gente y el sueldo era bueno o al menos mucho mejor que el que yo tenía en mi anterior trabajo. Al llegar me atendió la recepcionista, vaya recepcionista, de unas curvas y un cabello rubio que no necesitaba ser tan atenta para que yo le prestara atención. Me dijo que la siguiera para mostrarme mi puesto de trabajo y yo la seguí sin discutirle. Me llevo por un pasillo desde cual se podían ver todos los puestos divididos por cubículos muy bien acondicionados de todo tipo de equipos súper modernísimos. El local era muy confortable, lleno de plantas colgadas que no sabía si eran artificiales o no; pero daban un toque de vida al lugar, las paredes estaban pintadas de verde, mi color preferido y símbolo de la esperanza. Por el pasillo nos pasaron varios trabajadores por el lado y todos me saludaron, era algo común allí la educación, cosa que no pasa en todos los lugares.
-Sin ninguna duda el jefe de todo esto debe ser un gran hombre.
Pensaba yo mientras veía todo aquello.
Al final del pasillo se divisaba su oficina, yo pensé que nos dirigíamos hacia ella; pero la rubia se desvió y entró al laberinto de puestos de trabajo y allí estaba el mío. Efectivamente estaba en el mejor local de trabajo que había tenido en toda mi vida. Aquella mujer me dio las instrucciones de todo lo que tenía que hacer, era pan comido para mí que estaba acostumbrado a trabajar mucho y a recibir poco. No había nada mejor que aquella silla giratoria frente a una computadora y todo un sin número de aparatos para comunicarme que solo había visto en películas o por fotos, casi mejor que mi cama. Comencé a dar vueltas en ella y me tiré hacia atrás como si fuera la silla del barbero o la del dentista y que suerte la mía, en ese mismo momento veo una figura al revés por la posición en que estaba que se asoma a la entrada de mi cubículo. Era un hombre un poco más bajo que yo, de pelo negro como el traje que vestía y unas gafas oscuras, si unas gafas oscuras. Aquel hombre me había visto en una posición no muy ventajosa, estando yo como un niño jugando con la silla. Me levanté rápidamente y volteé.

-Buenos días.
Me dijo un poco serio y se ajusto las gafas.
-Buenos días.
Respondí, bueno eso es lo que siempre se responde, sin embargo aquella cara seria, aquella gafas oscuras en medio de aquel lugar, no me producían una buena sensación, no sé por qué aquel hombre nada más de mirarlo me cayó como le caería, una docena de puntillas a un batido.
-Mi nombre Roberto, soy el gerente del lugar.
Hizo una pausa y yo no podía creer lo que me estaba diciendo.
-No pude recibirte pues estaba una reunión importante cuando llegaste.
-No hay problema.
Le dije y pensando me dije: es lo mejor que pudo haber pasado.
-La recepcionista lo puso al día de todo.
Me preguntó y colocó las manos en centro del pecho como si fuera a rezar. Yo sin pensar mucho le respondí:
-Si, si todo esta bien, estoy contento de trabajar aquí, créame que no se va a arrepentir de contratarme.
En realidad tenía deseos de decirle quítese esas gafas que le quedan mal, esta no es una fiesta de disfraces o algo por el estilo.
-Me alegra mucho eso que dice y espero sea cierto, cualquier problema puede ir a verme a la oficina.
Me dijo.
-Muchas gracias.
Le dije y se fue dejándome con los ánimos distintos que al principio. No se por qué aquel hombre al cual ni siquiera conocía, me caía tan pero tan mal y solo habíamos hablado unas palabras, iba a ser mi jefe así que lo mejor era que nos lleváramos bien o podía ser mi fin en aquel trabajo que tanto había añorado. Eran sus gafas, sí, eran esa gafas las que hicieron que me cayera tan mal.

Ese día cuando termino mi horario de trabajo, me fui para la casa y no podía dejar de pensar en aquel hombre. Yo era una persona que siempre me dejé llevar por la primera impresión, eso que dicen por ahí de que lo importante es lo que tenemos por dentro conmigo no funcionaba, en cuestiones de mujeres siempre me atrapó ese dicho que dice que lo que no entra por los ojos no entra por ningún lado. Muchas veces escuche historias de personas que al principio no se llamaban la atención físicamente y sin embargo el roce diario hacía que el amor surgiera. De verdad eso conmigo nunca pasó nunca. Quizás por eso mismo nunca me había enamorado; pero era algo que tenía que descubrir yo mismo.
Pasaron algunos días y me iba muy bien en el trabajo, mi jefe estaba contento conmigo, me trataba muy bien y me tenía en cuenta en sus decisiones; pero esas gafas, esas malditas gafas que siempre tenía puesta con su cara seria causaban reacciones muy malas en mi cerebro, y me enloquecían por completo. Yo trataba de disimular, un desprecio que no podía explicar, el más grande de los desprecios. A veces me reprochaba el hecho de que este hombre me causara pensamientos hasta satánicos cuando todos allí se llevaban tan bien con él y le tenían tanto aprecio. En ocasiones pensé en dejar el trabajo; pero que idiota hubiera sido si lo hacía, no tenía ningún motivo para ello.

Cierto día estaba yo trabajando como siempre, tratando de olvidarme de aquellas gafas que ya eran una obsesión para mi, y recibí una llamada de él pidiéndome que fuera a su oficina, para que le diera mi opinión acerca de algo que se quería hacer.

-Vaya, hoy no me voy de aquí sin tener que verlo.
Me dije mientras caminaba hacia su oficina.
Entré en el lugar, él estaba de espaldas a mí, viendo unas cosas en el ordenador. Y que sorpresa la mía cuando me di cuenta de que no tenia puesta las gafas. Sentí una desesperación en mi interior como cuando me falta un día para irme de vacaciones y estoy ansioso porque pase el tiempo. Por fin, no estaban en su cara esos malditos espejuelos como el cielo en la noche pero sin estrellas que producía en mi interior los más mezquinos pensamientos. El hombre se viró lentamente y la desesperación se convirtió en un gran dolor en el pecho que aun puedo sentir cuando pienso en ese momento. Comprendí por fin por qué siempre andaba con aquellas gafas que consumían su triste rostro. Tenía los ojos negros, o mejor dicho alguna vez los tuvo negros, pues solo tenía uno de verdad y el otro; era de cristal.

[Mateo 7]

“No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido”

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